El lenguaje es una de las habilidades propias que identifica y diferencia a los seres humanos del resto de especies animales. Dicha herramienta ha permitido a su vez el desarrollo del pensamiento. Desde sus orígenes, ambos se han potenciado mutuamente y han influido en el desarrollo del otro. Existe una relación inseparable entre pensamiento y lenguaje. Es técnicamente imposible pensar en algo que no se puede describir con palabras. Por ello, el lenguaje interno y las palabras empleadas tienen una gran importancia en el desarrollo de la manera de pensar.
Sabemos que el pensamiento está relacionado con una parte lógica y racional que nos permite ver y entender la realidad que nos rodea. Sin embargo, en el día a día podemos encontrar múltiples situaciones que reflejan que la manera de pensar de cada persona y la lógica que aplica es diferente: formas diferentes de resolver situaciones, diferencias a la hora de enfrentarse a un problema, diversos puntos de vista relacionados con situaciones políticas, sociales, etc. Si todos nosotros somos seres racionales, ¿cómo es que tenemos una manera de pensar tan diferente?
Esto ocurre porque la manera de pensar e interpretar las situaciones se encuentra bajo la influencia de diversos factores genéticos, biológicos, de personalidad y contextuales. Estos elementos tienen un impacto en la interpretación de las situaciones vividas. Como consecuencia se desarrolla un lenguaje interno y un pensamiento concreto y diferente en cada persona.
Elementos que influyen en el lenguaje interno
Pensar es un hábito. Esto quiere decir que el lenguaje interno y la forma de pensar se van moldeando a lo largo de los años bajo la influencia de diversos elementos. Conocer la existencia de estos componentes ayuda a entender qué factores interfieren para poder trabajar sobre ello. Entre ellos se encuentran:
Factores genéticos
Hay variables genéticas que influyen en la manera de procesar la información. En nuestro ADN contamos con información relevante sobre peligros y amenazas, mecanismos de supervivencia, etc. Estos datos se han ido codificando a lo largo de la evolución para promover el mantenimiento de la especie. Siguiendo la misma explicación, familiares antepasados expuestos a ciertas situaciones podían desarrollar cierta vulnerabilidad a dichos eventos haciendo que su sistema de defensa fuera más sensible y promoviera una respuesta anticipada. Estos mecanismos se quedarían grabados en su ADN para promover la supervivencia de las siguientes generaciones.

Factores biológicos
Cada persona cuenta con unas características biológicas diferentes. Estas variables hacen que cada persona sea diferente y única. Cuando se habla de factores biológicos, se hace referencia a todo lo que está relacionado con la fisiología y anatomía: estructuras cerebrales, cantidad de neurotransmisores, reacciones químicas del cuerpo, funcionamiento de sistemas, etc. En la medida en la que el cuerpo y la mente tienen una relación bidireccional, ambos se influyen y moldean. Por ello, los factores biológicos también influyen en el pensamiento.
Variables de personalidad
Hablar de personalidad no es una tarea fácil, ya que es un concepto que engloba una gran cantidad de elementos como el carácter, el temperamento, actitudes y aptitudes, etc. A pesar de la dificultad, se puede exponer que las variables de personalidad específicas con las que cuenta cada persona influyen en la manera en la que se relacionan con el entorno. De esta manera, influyen y moldean el lenguaje interno y el pensamiento.
Factores contextuales
Hasta el momento, los elementos expuestos han tenido que ver con una parte heredada, biológica e interna de la persona. Sin embargo, también existen componentes externos que tienen una gran influencia y peso en el desarrollo del lenguaje interno. Las experiencias y situaciones tienen un impacto emocional sobre las personas que las viven. De esta manera, el lenguaje interno se va moldeando y codificando en función de dichas situaciones.
Impacto del lenguaje interno en el bienestar
Las personas comunicamos de manera continua, tanto de manera verbal como no verbal. Incluso cuando no queremos comunicar nada, el mensaje que transmitimos con nuestro cuerpo y gestos refleja que no queremos interaccionar. Por lo tanto, podemos decir que estamos todo el tiempo recibiendo y mandando mensajes, aunque no seamos totalmente conscientes de ello.
Con el lenguaje interno pasa algo parecido. Estamos todo el tiempo en interacción con nosotros mismos. El discurso interno que establecemos refleja la manera de pensar: expone lo que atendemos en una situación, cómo interpretamos, cuáles son nuestras preocupaciones, si hay pensamientos anticipatorios o negativos, autocrítica, etc.

Las palabras empleadas en el lenguaje interno tienen un gran poder sobre nosotros mismos. Somos muy conscientes del efecto que puede tener un mensaje cuando lo expresamos verbalmente y vemos la reacción que tiene otra persona. Las palabras con carga emocional negativa pueden herir y dañar a otras personas. Por ello, en líneas generales, intentamos evitar este tipo de mensajes cuando nos comunicamos con otra persona. Sin embargo ¿conocemos el impacto que tienen las palabras negativas de nuestro propio lenguaje interno sobre nosotros?
Muchas veces, hasta que no nos paramos a observar y analizar la manera en la que nos hablamos, no somos conscientes del tipo de mensajes y palabras que empleamos. Se tiende a ser mucho más crítico y negativo con uno mismo que con el resto de personas. Esto genera un gran impacto en el estado anímico y autoconcepto de la persona, afectando a su bienestar general. Por ello, es importante identificar y conocer el tipo de lenguaje interno establecido y trabajar en su modificación cuando sea necesario.
Cómo modificar el lenguaje interno
Como ya sabemos, la manera de comunicarnos con nosotros mismos tiene un gran impacto en nuestro estado emocional. El pensamiento es un hábito, por lo que se puede reprogramar y aprender a aplicar un lenguaje interno diferente. Para ello, existen algunos pequeños cambios que hay que realizar en el día a día. Al principio no es fácil, ya que saltan los automatismos rápidamente, pero en la medida en la que se vaya tomando conciencia sobre ello y se apliquen los recursos, se observará los beneficios.
Para comenzar a modificar el lenguaje interno, existen una serie de pautas o pasos que podemos comenzar a aplicar. Entre ellos se encuentran:
- Evita palabras absolutas y muy generales como, por ejemplo: siempre, todo, nadie, ninguno, jamás, etc. Como alternativa, prueba a describir la situación de manera concreta, teniendo en cuenta los datos específicos de dicha situación.
- Elimina de tu vocabulario y de tu lenguaje interno adjetivos peyorativos para referirte a ti mismo como tonto, inútil, impostor, cobarde, etc. Limítate a describir tu conducta en la situación, pero intenta no juzgarte, criticarte ni utilizar etiquetas.

- Siempre que puedas, acude a los datos objetivos. Es decir, intenta ampliar el foco y ver si existen datos que no estás valorando, si existe otra posibilidad, si hay elementos que ahora no conoces de la situación, si otra persona podría verlo diferente, etc.
- Busca aquellas excepciones que positivicen o hagan menos negativos tus defectos. No resultará difícil si inviertes los términos, pues casi seguro hasta ahora has sido experto en buscar los elementos que hacen negativas tus cualidades positivas. ¿Por qué no lo intentamos al revés? Busca los elementos o características que te gusten, aunque haya otros aspectos que no te agradan. Por ejemplo: “No me gusta del todo mi cara, pero tengo unos ojos grandes y expresivos”.
- Háblate como le hablarías a una persona que quieres o a un niño pequeño: posiblemente la manera de comunicarte es muy diferente cuando el mensaje es para ti mismo o para otra persona. Por ello, cada vez que te pilles hablándote mal, párate e intenta decir lo mismo con otras palabras más amables y amigables.


